Esta es una reflexión que nace del contexto actual de El Salvador, un país donde ser
mujer trans hoy significa navegar entre una seguridad pública que se pregona como
«exitosa» y una seguridad humana que, para nosotras, se desmorona en silencio.
Escribir sobre esto no es solo un ejercicio académico; es un testimonio de resistencia
frente a un Estado que ha decidido que nuestra existencia es «incompatible» con su
visión de nación.
El mayor retroceso no es solo lo que se hace, sino lo que se deja de nombrar. En los
últimos años, hemos pasado de una lucha por la Ley de Identidad de Género a un
escenario donde la palabra «género» ha sido extirpada de las escuelas, los ministerios y
los discursos oficiales.
La narrativa de la «naturaleza»: Al calificar la identidad de género como algo «contrario a
la naturaleza», el Estado salvadoreño no solo nos ignora, sino que nos deshumaniza.
Esto justifica el cierre de espacios de atención y la represión de personas que
trabajaban por la inclusión.
El archivo de la esperanza: Aquella orden de la Sala de lo Constitucional en 2022, que
obligaba a la Asamblea a crear un mecanismo para el cambio de nombre, ha quedado
en el olvido legislativo. En El Salvador de 2026, nuestro DUI sigue siendo nuestra
primera frontera y nuestra primera condena.
El Régimen de Excepción: La Doble Vulnerabilidad, Mientras el discurso oficial celebra la
baja en homicidios, las mujeres trans enfrentamos un tipo de miedo distinto. El
Régimen de Excepción ha creado un entorno donde el prejuicio policial y la violencia
tiene carta blanca.

Perfilamiento por estigma: Ser una mujer trans en una zona vulnerable te convierte en
un «objetivo sospechoso» por defecto. El riesgo de detenciones arbitrarias se suma al
estigma histórico de que nuestras identidades están ligadas a la criminalidad.
El silencio de los datos: Es cada vez más difícil saber cuántas de nosotras han sido
asesinadas o desaparecidas. La falta de acceso a información pública y el miedo a
denunciar por temor a represalias del mismo sistema que debería protegernos nos está
sumiendo en una estadística invisible.

Salud y Vida: El Retroceso en lo Cotidiano, la eliminación de la perspectiva de género en el
sistema de salud no es un debate ideológico, es una cuestión de vida o muerte. Sin
protocolos de atención específica, las mujeres trans seguimos con una automedicación de
hormonas y expuestas al maltrato en los pasillos de los hospitales, unidades de salud
públicos.

La falta de oportunidades laborales (acentuada por la falta de identidad legal) nos sigue
empujando al trabajo sexual o al exilio. Para muchas, la única «protección» que ofrece El
Salvador es la terminal de buses para huir hacia el norte.
Ser mujer trans en El Salvador hoy es resistir en un país que quiere convencernos de que
no existimos o de que somos un «peligro para la familia». Sin embargo, la identidad no se
borra con un decreto ni con un tuit. Nuestra existencia es, en sí misma, el acto de rebeldía
más grande.
A pesar de los retrocesos, la red de cuidados entre nosotras sigue viva. La lucha ya no es
solo por una ley, es por el derecho a ocupar el espacio público sin miedo, a que nuestro
nombre sea respetado y a que la justicia no sea un privilegio de quienes encajan en el
molde oficial.

A. S Mujer trans salvadoreña